
Fue construida en 1947 por el padre capuchino Bernabé de Lucerna, El 26 de octubre se inaugura la iglesia San Sebastián.
La iglesia está inspirada en modelos suizos, de donde provenía el sacerdote. Hoy sigue siendo atendida por misioneros capuchinos, quienes han construido otras capillas con el mismo estilo arquitectónico en el área. Al costado derecho, detrás de la iglesia, destaca un campanario con tres grandes campanas traídas de Alemania.

El padre Bernabé de Lucerna:
Un monje constructor

por Fernando Santiván *
* Santiván, Premio Nacional de Literatura 1952, nació como Fernando Antonio Santibañez Puga el 1 de julio de 1886 en Arauco y falleció de un infarto en el hospital John Kennedy de Valdivia el 12 de julio de 1973. Fue director del diario “El Correo” de esa ciudad y también secretario general de la Universidad Austral. Estudiante de pedagogía en matemáticas y castellano en la Universidad de Chile, escribió entre otras obras “El Mulato Riquelme”, sobre Bernardo O’Higgins, y “Memorias de un Tolstoyano”. Amigo de Augusto D’Halmar y de Inés Echeverría”, la famosa “Iris”, dueña de los fundos “Chanchán” y “Santa Rebeca”, en Panguipulli, en los que Santiván trabajó como administrador. Conoció “naranjo” al padre Bernabé. La siguiente es una semblanza sobre el destacado capuchino.
Noche de temporal desenfrenado como otros muchos de la Frontera. Sobre el techo pasan escuadrones de lluvia y granizo. Una lata de zinc chilla con estridencia desesperada y el viento remece la casa de madera, con zarpazos de león enfurecido. Un trueno aplasta todos los ruidos con voz horrísona. Sin embargo, en el vasto salón, la luz de la lámpara incandescente brilla sin pestañear y el fuego de la chimenea da a la habitación resplandores apacibles y confortantes.
De pronto, llega desde el patio de la casa campesina la bronca algarabía de los grandes mastines, y una voz grita angustiada.
-¡Antonio!… ¡Antonio…!
Tomo apresuradamente la linterna y el revólver y salgo al corredor. Con mi llegada y mis gritos se apaciguan los perros y puedo ver a un sacerdote franciscano, alto, con los hábitos arremangados hasta la cintura y los zapatos en la mano, que avanza hacia mí, zarandeado por el viento. A pesar de la compasión que me inspira la aporreada figura, no puedo menos que sonreír. Es el padre Bernabé de Lucerna. Ya lo sabía, desde que escuché sus gritos. Nadie, sino él, me llama Antonio. Cuando descubrió el segundo de mis nombres, tuvo una ingenua y alborozada alegría, pues el suyo, de seglar, fue también Antonio, así es que resultábamos tocayos.
Tengo que despojar al padre Bernabé de sus hábitos, enfundarlo en un viejo sobretodo, lavarle los embarrados pies descalzos, y mientras el mozo se lleva sus ropas para secarlas en el fogón de la cocina, sentarlo a la orilla de la chimenea y hacerle beber una gran taza de café caliente.
Sólo entonces lo interrogo:
-Pero, padre… ¿qué le pasó?… ¿de dónde viene?
-Fui a confesar a una viejecita moribunda… Me pillaron la noche y el temporal… ¡No es nada!
Y el padre Bernabé abre su ancha boca para reír sonoramente. Sí, para él no es nada, ya lo sé. Está acostumbrado a las andazas peligrosas por los campos montañosos de Panguipulli, en busca de materiales destinados a las capillas y escuelas de los misioneros capuchinos de la Araucanía. De las doscientas y tantas escuelas construidas por los misioneros, el Padre Bernabé ha sido el arquitecto, contratista, albañil, peón y carpintero de 35 pequeños y grandes edificios. Es contratista sin capital. Cuando se ve obligado a pagar trabajadores, el Padre Bernabé coge el zurrón de viajero y camina a grandes zancadas por los senderos montañeses, polvorientos en verano y lodosos en invierno, trepa riscos y atraviesa vegas pantanosas, a fin de golpear la puerta de ranchos, o de cómodas mansiones, pidiendo ayuda para sus obras en construcciones. A pesar de su sensible espíritu de artista, consigue vencer sus timideces y extender la mano mendicante.
El precio de sus barbas franciscanas
En cierta ocasión, junto al fuego, propicio a las confidencias, me ha contado algunas de sus aventuras:
-Los “ricos” suelen tener el corazón duro -me explica el Padre Bernabé-. Si es verdad que casi siempre me ayudan con largueza, en ocasiones me hicieron pasar malos ratos. Hay que usar de paciencia para conseguir lo que uno pide. En un fundo cercano al lago Calafquén, cierta vez tuve que alojarme en casa del propietario. Era un señor bondadoso, muy rico, pero un poco “apretado“. Los hijos eran muchachos diablos y amigos de la broma. Una noche entraron a mi cuarto, me amarraron en el catre y me cortaron al ras el pelo y las barbas. Al día siguiente, todo el mundo se rió a carcajadas de mi facha. Yo los acompañé en su alegría, aunque en mi interior lloraba. El caballero dueño de casa me compadeció mucho, retó a sus hijos en mi presencia, pero yo comprendí que al mirarme, apenas podía contener la risa… Me despedí entristecido y amargado. Pocos días después llegaron a mi escuela en construcción varias camionadas de madera, quizá mas de lo necesario para terminarla… Era el precio de mis barbas franciscanas.
Mendigando en todas partes
-En otra ocasión -continúa el Padre Bernabé- faltaron fondos al convento y me dirigí a Temuco. Aprovechando que había una gran feria agrícola, me propuse recorrer la ciudad y golpear de puerta en puerta, solicitando ayuda. Me fue muy bien. Pude recolectar una cantidad respetable de dinero. Visité escuelas de hombres y de niños, fábricas y establecimientos comerciales. En todas partes me recibían con cariño. Recorriendo una de las calles menos centrales, una tarde, ví un grupo de señoritas que se paseaban por la acera. Iban de dos en dos, tomadas de la cintura, charlando sosegadamente. Debe ser un colegio -pensé-, y me introduje a la casa, hasta llegar al patio. Las niñas que estaban en la calle y otras que salieron del interior me rodearon preguntándome amablemente qué deseaba. Cuando les expliqué que pedía ayuda para los indiecitos araucanos, corrieron a sus cuartos y regresaron con dinero, ropa y otras especies. Parecían muy contentas. Y me pidieron “santitos”, como los niños que nos salen al paso en las calles…
-Poco después, comentando mis éxitos con una persona de la ciudad, me preguntó: “¿Esas niñas tan amables viven en la calle tal?” Yo di las señas exactas. Mi interlocutor se echó a reír… “Pero si es una casa famosa, padre, por Dios… ¡No lo creía tan corrompido!…”
El constructor del hospital
Se podría escribir un volumen con las aventuras del padre Bernabé. Pero de este modo se han ido levantando obras que muchas veces no pueden realizar los gobiernos, ni ciudadanos poderosos. En Panguipulli, después de un incendio que destruyó el convento, la escuela y la iglesia, obra de 50 años de esfuerzos, el padre Bernabé consiguió transformar las casas aniquiladas, en menos de año y medio, por otras más extensas, más hermosas, mejor dispuestas para el uso a que se destinaban. Su actividad no tiene límites. Apenas concluida una obra, comienza otra de mayor aliento. No existía en Panguipulli un hospital que recogiera enfermos y heridos de una región extensa y de gran movimiento industrial. Había que transportar a los accidentados a cien kilómetros, por pésimos caminos, hasta Valdivia o Temuco. Generalmente los enfermos morían en el trayecto. El Padre Bernabé logró construir un extenso hospital con capacidad para cuarenta o sesenta camas. Hoy este establecimiento cuenta con médicos, practicantes y un numeroso personal de monjas que lo atiende.
Del mismo modo, el padre Bernabé contribuyó a la construcción del edificio de la Municipalidad de Panguipulli, incendiado hace pocos años.
Un suizo feliz en Chile
-Padre -lo interrogo-, ¿de dónde saca fuerzas para emprender tantas obras?
El padre Bernabé desgrana su risa estentórea.
-Mi padre tuvo la profesión de constructor, en Suiza… -responde-. Fueron muchas las obras importantes que allá realizó. Seguramente yo he heredado algo de él.
-¿Usted se educó en Suiza?
-En Suiza y en Alemania. Perdí a mi madre cuando era niño. Una tía se encargó de mi educación, mientras mi padre se trasladaba de un punto a otro para atender sus trabajos. Cuando él murió, me encontré sin medios para continuar mis estudios. Me eduqué en el Seminario y luego hice mi curso de Teología. No hacia mucho que hacía mucho que vestía los hábitos, cuando supe que un capuchino destinado a las misiones de la Araucanía prefirió marchar al Asia. Pedí que me enviaran a Chile en su reemplazo. Aquí he sido muy feliz.
Un enfermo de muchos males
A pesar de su fortaleza corporal, llegó un momento en que el padre Bernabé debió sufrir las consecuencias de sus traqueteos por la montaña. Una grave enfermedad a los oídos estuvo a punto de dejarlo sordo. No se cuidaba. Fue necesario que sus superiores lo enviaran a Santiago a medicinarse, y sólo después de una delicada intervención quirúrgica logró librarse de la sordera. Más tarde le aquejó una grave enfermedad a los ojos. Los especialistas pudieron salvar uno de ellos, pero el otro hubo que reemplazarlo por uno de cristal. Más tarde sufrió una paralización al intestino; los médicos se declararon impotentes para curarlo; pero a una buena señora se le ocurrió llevarle un jarro con agua de Lourdes. El Padre Bernabé se la zampó al cuerpo de un trago y su naturaleza reaccionó prodigiosamente.
-¡Milagro! -exclamó el Padre Bernabé, riendo estentóreamente-. Mi Señor no quiso llevarme todavía. Quizá puedo servir aún de algo en este mundo…
El párroco de Cunco
Se dispuso a realizar nuevas empresas, pero sus superiores, seguramente para preservar su vida, decidieron enviarle, en calidad de párroco, al lejano pueblecito de Cunco, en plena cordillera, de la provincia de Cautín. Allí, al menos, no tendría las amistades ni el buen ambiente de Panguipulli, que le empujaran a acometer nuevas empresas. Los panguipullenses protestaron, hicieron lo posible por retenerlo y luego decidieron dar a conocer su obra al Supremo Gobierno que, no pudiendo premiar a sus servicios de otro modo, le ofreció la Medalla de Bernardo O’Higgins, destinada a los extranjeros ilustres que han realizado grandes obras en beneficio de la nación.
Fueron momentos de inquietud para el padre Bernabé. “¿Por qué me han de premiar?, se decía. No tengo méritos. Además, mis votos de humildad franciscana me impiden recibir honores de ninguna clase”.
-Después de pensarlo mucho -me confía-, encontré la solución. Si yo consultara a mi padre San Francisco, él me diría: “Acepta esta condecoración, hijo mío, con la misma humildad con que un día don Bernardo O’Higgins, el gran prócer de la patria chilena, pidió el hábito de los franciscanos y solicitó ser enterrado con él en vez de hacerlo con su glorioso uniforme de general”.
Y le padre Bernabé recibió las insignias del mérito en el Salón Rojo de la Moneda, el 30 de julio de 1958.
Los secretos del milagro alemán
El pueblecito de Cunco es un apartado lugar desprovisto de bellezas. Quizás en algún tiempo la tuvo, cuando lo rodeaban bosques seculares, pero la explotación de maderas y los roces a fuego lo han convertido en paraje desolado y triste. Las pobres gentes que viven en él llevan vida monótona, rutinaria y sin ilusiones.
-Tengo a mi alrededor un grupo de unas 80 viejecitas. Rezamos, adornamos los altares; ¿qué más podemos hacer? -murmura el Padre Bernabé.
Pero mi ilustre capuchino no puede vivir en la inacción. Sería su muerte. No tardó en imaginar algo que embelleciera aquel lugar de tristeza y fealdad. Su fantasía batió alas en el espacio azul. Por algo nació con alma de artista. Y se dio a pensar en un pueblo de casitas armoniosas, pintorescas, con huerto y jardín, es decir, lo útil junto a lo agradable.
-El milagro alemán de que tanto se habla -me dice el padre Bernabé- se debe en mucha parte a los planes agrarios imaginados y realizados por las grandes instituciones religiosas, católicas y protestantes, con el fin de dar a cada ciudadano una casa y un trozo de terreno. Eso levantó el espíritu del pueblo abatido por las penurias de la Segunda Guerra Mundial. Moral y económicamente, ésa fue la varita mágica que levantó con rapidez la prosperidad alemana.
La última obra del padre Bernabé
El padre Bernabé no es persona que se quede en simples imaginaciones. Hizo planes y pidió a los hacendados madereros de la región, dueños del pueblo y sus alrededores, un trocito de terreno que se encuentra a la entrada del pueblo. Se lo concedieron generosamente. Para ellos, poseedores de miles de hectáreas, no fue un gran sacrificio, pero más tarde rehuyeron el cumplimiento, ofreciéndole, en cambio, otro predio situado en condiciones que no satisfacen los planes del Padre Bernabé.
-Yo estoy muy agradecido de los señores García*; pero creo que no me han comprendido. Se trata de embellecer el pueblo, darle atractivo, en provecho de ellos mismos. Eso valorizará los terrenos adyacentes. El padre Bernabé realizará sus proyectos, no nos cabe duda. ¿De qué no es capaz este hombre de extraordinarias energías? Pedirá maderas a los terratenientes, otras clases de materiales a las industrias y comercio, mendigará por las poblaciones, trabajará de carpintero o de albañil, y, seguramente, Cunco será transformado en un hermoso pueblo. No creo que haya alguien que deje de prestarle ayuda.
* “Villa García”, a 10 kilómetros de Cunco, un villorrio al estilo suizo, digno de visitarse, fue la última obra influenciada por el padre Bernabé.
Fuente: Las buenas noticias de Panguipulli
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Esta iglesia fue construida en 1947 por el padre capuchino Bernabé de Lucerna. La iglesia está inspirada en modelos suizos.
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